ESPAÑA: ¿NACIÓN FALLIDA?



No es casualidad que nuestra primera propuesta se presente con un título en forma de pregunta. La Filosofía, y éste será un espacio en el que nos acercaremos a la realidad desde la filosofía, presenta la forma del preguntar. El asombro aristotélico, aquel que inaugura el modo filosófico de estar en el mundo, no es un asombro paralizante; le siguen el preguntar y el cuestionar, el indagar. Y es que la filosofía, podríamos decir, es en esencia preguntar: es preguntar por lo que somos, por lo que fuimos, por lo que podemos ser. Y es en ese preguntar por lo que fuimos bajo la inquietud de lo que seremos cuando nos topamos de lleno con la Historia. No con una historia cualquiera, sino con Nuestra Historia. Porque nuestro presente, lo que somos, viene determinado, como no podía ser de otra manera, por lo que fuimos. Por eso la Historia, en definitiva, es siempre Historia de nosotros. Pretendemos, por tanto, que esta Colaboración “Historia y Hermenéutica” sea el espacio de una encrucijada: una encrucijada en la que se encuentran la Filosofía y la Historia, y de cuya bifurcación nazca la pregunta por lo que podemos ser. Se convierte así la Filosofía, en su encuentro con la Historia, en una filosofía práctica (algo que, dicho de paso, no puede dejar de ser toda auténtica filosofía): partiendo de nuestro presente, y mirando a nuestro pasado, nos proyectamos al futuro. Ésta es nuestra propuesta.

 
Y qué mejor manera de comenzar este espacio que lanzando una pregunta polémica: ¿es España, acaso, una nación fallida? El presente desde el que preguntamos se presenta conflictivo. Insertos en plena crisis económica, ésta pone de manifiesto otros tipos de crisis: podemos hablar de crisis social, también de una crisis del sistema político, y, en relación a nuestro asunto, de una crisis del Estado nacional que puede ejemplificarse en el vigor que adquieren en momentos de crisis determinados movimientos independentistas. Nos acercaremos a este problema desde una perspectiva amplia, guiando nuestro recorrido a partir de tres preguntas principales, a saber: ¿qué es una nación?; ¿qué relación guarda el Estado con la Nación?; y ¿es España una Nación fallida? 

¿Qué es una nación?
 
El término «nación» es posiblemente uno de los más escurridizos de las ciencias políticas. Muchos autores trabajan con este concepto, pero difícilmente se ponen de acuerdo sobre qué es o qué exige un concepto tal. Brevemente, podemos apuntar que las posiciones se dividen entre aquellas que adoptan una posición primordialista, defendiendo que los orígenes de las naciones, sus causas, más allá de la modernidad, se encuentran en tradiciones culturales, simbólicas, y étnicas premodernas, siendo la nación desde esta perspectiva la cristalización de aquellas tradiciones en la toma de conciencia propia, como Estado ya formado. Sin embargo, nosotros nos acercaremos a nuestro problema tomando como referencia, de otra parte, la obra de Ernest Gellner, quien, frente a los primordialistas, propone una lectura modernista de la nación, esto es, la nación y el nacionalismo, es un producto de la cultura moderna, en concreto, de la época de la industrialización, la época del triunfo de la ciencia y de la técnica.



Ernest André Gellner


Antonio Gil de Zárate
 
Qué es, por tanto, el nacionalismo, como movimiento político, y la nación, como cumplimiento de aquel movimiento. Tradicionalmente se acude al par voluntad / cultura para definirlo. Pero no basta, dice Gellner, con la voluntad para definir la nación. Ésta constituye un factor fundamental en la formación de la adhesión a los grupos, ya sean éstos grandes o pequeños. Pero la autoidentificación tácita ha operado a favor de todo tipo de agrupamientos: en otras palabras, aun cuando la voluntad sea la base de una nación (parafraseando una definición idealista de estado), lo es a la vez de tantas otras cosas que no nos permite definir el concepto de nación de esta forma1. La voluntad, podríamos decir, constituye un elemento necesario para definir el nacionalismo, pero no suficiente. Qué ocurre con la cultura. El argumento es prácticamente el mismo. La riqueza cultural y la variedad de culturas es tal, que difícilmente coincide ésta con los límites de las naciones existentes. Hay más culturas que naciones y nacionalismos. Lo que ocurre, nos dice Gellner, es que cuando las condiciones sociales generales (estas son las que se dan en la época del industrialismo) contribuyen a la existencia de culturas desarrolladas estandarizadas, homogéneas, y centralizadas, que penetran en poblaciones enteras, las culturas santificadas y unificadas por una educación bien definida constituyen la única clase de unidad con la que el hombre se identifica voluntariamente. Es en estas condiciones, y solo en ellas, cuando puede definirse a las naciones atendiendo a la voluntad y a la cultura, y, en realidad, a la convergencia de ambas con unidades políticas. En estas condiciones el hombre quiere estar políticamente unido a aquellos, y solo a aquellos, que comparten su cultura2

¿Qué relación guarda el Estado con la Nación?
 
Gellner no desecha el par voluntad/cultura (evidentemente la voluntad juega un papel esencial en las adhesiones de los individuos, y el elemento cultural también está presente en sus planteamientos), pero lo matiza, y le añade un tercer elemento imprescindible: el Estado. La fusión de voluntad, cultura y Estado se convierte en norma, y en una norma que no es fácil ni frecuente ver incumplida3.
 
Voluntad, cultura y Estado, por tanto, constituyen los tres elementos fundamentales que constituyen una nación. No hay nación sin Estado; el Estado antecede a la nación, porque es precisamente el Estado quien se encarga de extender una cultura general y homogénea que hace a los individuos abandonar las antiguas identificaciones locales. De esta manera Gellner se opone a aquellos teóricos del nacionalismo que hacían de éste la base de los estados, a los primordialistas. Para Gellner ocurre justo lo contrario: el nacionalismo es la imposición general de una cultura desarrollada a una sociedad en la que hasta entonces la mayoría de la población se identificaba con grupos culturales pequeños. La imposición de esta cultura general, homogénea y estandarizada, se hace necesariamente desplazando a los anteriores ejes de identificación primarios. Y es la Administración, el Estado, la única institución capaz de ofrecer un tipo de formación cultural homogénea y generalizada.

¿Es España una nación fallida?
 
Si España, por tanto, es una Nación fallida, podrá deberse a que es primero un Estado frustrado, siguiendo el modelo de Gellner. Veamos si esto es así. El Estado, decimos, debe asumir la responsabilidad de formar a los individuos que lo componen, debe monopolizar los medios de instrucción, para que de esta manera el individuo/ciudadano asuma aquella cultura que el Estado representa, permitiendo de esta manera la extensión de una cultura nacional, que permita su identificación con el mismo. La educación pública, por tanto, supone un mecanismo indispensable a la hora de conformar aquellas naciones que a principios del XIX se estaban desarrollando.



Caricatura editada en la revista La Flaca, en 1869,
donde el clero es visto como cómplice del carlismo.


 
Así se pronunciaban los diputados de las cortes gaditanas en 1811: El Estado, no menos que de soldados que le defiendan, necesita de ciudadanos que ilustren a la Nación y promuevan su felicidad con todo género de luces y conocimientos. Así que uno de los primeros cuidados que deben ocupar a los representantes de un pueblo grande y generoso es la educación pública4. El proyecto era ambicioso. Y en relación a aquellos proyectos deben medirse sus fracasos. Un dato a la sazón puede resultar esclarecedor: la Constitución de 1812 preveía que para 1830 la gran mayoría de la población debería saber leer y escribir (éste era un requisito para recuperar la ciudadanía a partir de 1830). Pues bien, las estadísticas oficiales5 señalan que en España en 1860 había doce millones de analfabetos (11.837.391 para ser exactos), de un total de 15.673.481 habitantes. En 19606, un siglo después, el número de analfabetos era de 7.647.368, con una población de 30.528.539.

Esto por un lado. Por otro, el aspecto referido a la secularización también es importante. Si el Estado debe formar ciudadanos identificados con una cultura nacional, esta falta de éxito en cuanto a la secularización constituiría posiblemente uno de los mayores impedimentos. La Iglesia católica no consintió que la identificación cultural se redujera a la del Estado, y se siguió concibiendo la religión y moral católica como la base del orden social en España (asunto que, por cierto, perdura en nuestros días, como pone en evidencia la controversia creada en torno a la asignatura de “Educación para la Ciudadanía”). Las cesiones a la Iglesia en materia de instrucción pública constituyeron para algunos de sus diseñadores, como Gil de Zárate, uno de los mayores fracasos del Estado a la hora de constituir un sistema nacional de educación: La revolución tenía, pues, que alcanzar también a la Instrucción Pública (…) una de sus primeras y más urgentes necesidades era su completa secularización7.


La libertad guiando al pueblo,
de Eugène Delacroix (1830). Museo Louvre.
 
Gil de Zárate es consciente, probablemente como todos los reformadores de su tiempo, de que uno de los mayores inconvenientes con los que se encontraban las reformas era arrancar del poder a aquellos que durante tantos años lo habían mantenido, esto es, al clero: Entregar la enseñanza al clero, es querer que se formen hombres para el clero y no para el Estado; es trastornar los fines de la sociedad humana; es trasladar el poder de donde debe estar a quien por su misión misma tiene que ser ajeno a todo poder, a todo dominio; en suma, hacer soberano al que no debe serlo8.
 
Porque, continuando con las palabras de Gil de Zárate, podríamos decir que la soberanía recae en la nación, y esta no es otra que, en definitiva, la sociedad que la forma; sociedad que tal vez no pueda seguir por más tiempo trazando su rumbo al margen del Estado, ni éste ignorando aquélla. Ortega y Gasset, para quien el Estado no puede sustituir a la sociedad9, llegó a la brillante conclusión de que la Nación es la comunidad futura en el efectivo hacer. No lo que fuimos ayer, sino lo que vamos a hacer mañana juntos nos reúne en Estad10. Y en esto recuerda a Aristóteles, para quien logos significaba racionalidad y lenguaje, pero también amistad y justicia en comunidad. ♦ [Salamanca, enero de 2013]

NOTAS

1 Gellner, E.: Naciones y nacionalismo. Alianza Editorial, Madrid, 1988, p. 78.
2 Ibíd., p. 80
3 Ibíd., p. 80
4 Discurso preliminar leído en las Cortes al presentar la comisión de Constitución el Proyecto de ella. Leída en la Cortes el 6 de Noviembre de 1811.
5 Censo de la población de España, según el recuento verificado en 23 de diciembre de 1860, Madrid, 1863
6 Censo de la población de España, Madrid, 1960.
7 Gil de Zárate, A.: De la Instrucción Pública en España. TomoI. Pentalfa Ediciones, Oviedo, 1995, p. 116
8 Ibíd., p. 118
9 Ortega y Gasset, J.: La rebelión de las masas. Madrid, Tecnos, 2003;pp. 264 y 266
10 Ibíd., p. 329

 
BIBLIOGRAFÍA
 
- Gellner, E.: Encuentros con el nacionalismo. Alianza Editorial, Madrid, 1994
- Gellner, E.: El arado, la espada y el libro. La estructura de la historia humana. Ediciones Península, Barcelona, 1994.
- Gellner, E.: Nacionalismo. Ediciones Destino, Barcelona, 1997.
- Gellner, E.: Naciones y nacionalismo. Alianza Editorial, Madrid, 1988.
- Gil de Zárate, A.: De la Instrucción Pública en España. Pentalfa Ediciones, Oviedo, 1995.
- Hall, J. A. (Ed.): Estado y nación: Ernest Gellner y la teoría del nacionalismo. Cambridge, Madrid, 2000.
- Hastings, A.: La construcción de las nacionalidades. Cambridge University Press, Madrid, 2000.
- König,  Hans-Joachim: Discursos  de  identidad,  estado-nación y ciudadanía en América Latina: viejos problemas, nuevos enfoques y dimensiones.  Historia y Sociedad  (Medellín, Colombia),  núm. 11, 2005.  (pp. 9-32).
- Martínez Alcubilla, M.: Diccionario de la Administración española compilación de la Novísima Legislación de España Peninsular y Ultramarina en todos los ramos de la Administración Pública. José López Camacho (imp.).  1892-1894.
- Ortega y Gasset, J.: La rebelión de las masas. Madrid, Tecnos, 2003.
- Patočka,  J.: Ensayos heréticos sobre la filosofía de la historia. Ediciones Península, Barcelona, 1988.
- Quintana, J. M.: Obras Completas. Atlas, 1946.
- Smith, A. D.: Nacionalismo y modernidad: un estudio crítico de las teoría recientes sobre naciones y nacionalismo. Istmo, Madrid, 2001.
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